martes, 14 de octubre de 2008


Hace ya mucho tiempo, cuando solía compartir más a menudo afuera de mi casa con algunas de mis amistades vecinas, me quedaba contemplando indefinidamente una antena a la distancia. A veces olvidaba la belleza de mi alrededor por solo mirarla. Todavía se ve, en las cercanías de mi casa, aquella gigante detenida en el tiempo. Allí, simétricamente erguida sobre sus cuatro interminables soportes se entrelaza una telaraña metálica que sostiene su imponente estructura. En el centro, se alza vertical un soporte que sostiene en su punta una bombilla que alumbra en los cielos a los aviones la posición de la antena. Lo que me llamaba la atención de esta bombilla es que por el día iluminaba intermitente mente de un colo azul casi blanco, y por la noche, de un intenso rojo.

Mi pasatiempo era mirar el momento específico en el que se transfiguraba el color. Me encantaba ser la única presencia consciente de este ignorado suceso. De azul a rojo. Un segundo. Mirar a otro lado hubiese significado perder ese preciso instante.

Y heme aquí, viviendo cada día con la mirada en la antena de la vida. Esperando espectante el ignorado suceso en el que la luz cambie de color. Y es que se me olvida que la vida no es como la bombilla de las antenas, no está preconcebida ni programada para cambiar a una hora específica o en algún momento determinado. Pero aún así aquí me quedo, como si mis ojos forzaran el tiempo, no tengo opción, no lo soporto más, muero por dentro, es la luz... o la muerte. Vivo esperando el momento en que los colores de un alma se transformen... aunque yo sea la única persona que esté mirando cuando suceda... no demores tanto... porfavor...


A lo mejor hay gente que espera de mí algún otro color, algún otro brillo de alguna otra intensidad. Ya no miraré a ver si cambias de color, ahora solo vivo mi vida hasta que una luz, no su antena, sea la que me haga su eterno espectador.